La Cofradía: Non Omnis Moriar
(CRISTIÁN BERRÍOS)
- ¿Quieres que me despida con un beso? – Preguntó Clara con una sonrisa a través del espejo mientras se abotonaba la blusa.
- Solo si deseas pagarme una cantidad extra- Bromeó Coyán sentado al borde de la cama y sin despegarle la vista -, acabo de dedicarme a ti durante 6 horas, 37 minutos, 24 segundos y 3 centésimas. Supongo que el servicio fue lo suficientemente satisfactorio.
- Como siempre – Afirmó Clara mientras se ponía los zapatos apoyada en un muro -. En ocasiones olvido que hablo con un simple pedazo de hojalata.
- Bio-Androide- Rectificó Coyán-, el eslabón perdido entre la humanidad y la perfección.
- ¿Sientes placer conmigo?- Preguntó Clara aproximándose al androide y acariciando su rostro con ambas manos.
- Preferiría disfrutarte menos y que me pagaras más.
- Ni pienses en subirme la tarifa – Advirtió Clara en tanto buscaba su maletín bajo las sabanas esparcidas en el suelo -, hay bio-androides recién salidos al mercado que garantizan mayor satisfacción. Quizás compre uno.
- Si con eso consigo librarme de ti.
- ¡Que carácter!- Murmuró Clara poco antes de que abriera la puerta-, nos vemos la próxima semana... Y consigue aire acondicionado. Sin animo de ofenderte, cualquier ser vivo moriría asado en esta pocilga en menos de 48 horas.
- ¿La temperatura te molestó antes o después de que cabalgara entre tus piernas hace un momento?.
- ¿Tratas de parecer humano comportándote como un idiota? – Dijo Clara sonriendo antes de que la puerta se cerrara y desapareciera de vista.
Apenas la joven salió del departamento, Coyán se levantó desnudo y caminó hacia el armario, luego de que apoyara el dedo índice en el muro un panel se desplazó hacia la izquierda y extrajo un atuendo de látex. En ese momento la puerta estalló en pedazos y un escuadrón militarizado se hizo presente en su hogar.
Antes de que abriera la boca el soldado que parecía a cargo del batallón, Coyán saltó como un rayo hacia debajo de la cama y extrajo 2 armas de poder múltiple. En menos de 0,45744 centésimas de segundo había disparado a través del casco de 2 soldados y mientras los cuerpos caían inertes se encargaba de 4 más.
- ¡Es un androide!- Gritó desesperado uno de los invasores a través de un intercomunicador poco antes de que Coyán avanzara hacia él en 0,00453 centésimas y le arrancara la cabeza con las manos.
- ¡Necesitamos ciber-soldados!- Exclamó otro mientras retrocedía descargando una ráfaga de metralla sobre el pecho de Coyán.
5 atacantes huían del departamento en ruinas en medio de disparos, descargas eléctricas y una llamarada. Coyán levantó a un herido del suelo y presionando el brazo donde ostentaba una fractura expuesta en el codo preguntó:
- ¿Quién les envió?.
- ¡Nadie!- Contestó en el instante el herido en medio de gritos desgarradores.
Coyán reiteró la presión tres veces más obteniendo la misma respuesta. Los cadáveres tendidos en el piso carecían de identificación. En una veloz prueba de ADN comprobó que ninguno pertenecía al Ejército de la Cofradía o la Resistencia.
Eran simples mercenarios. Su organización, armamento y determinación convertían un edificio residencial en una tienda de dulces, a menos que se encontraran con un organismo cibernético programado en combate, bastante escasos en Chile allá por el buen año 4327.
- Coyán- Dijo una voz femenina en el interior de su cuerpo- ¿Estas ocupado?.
- Un poco – Contestó el androide mientras extraía piel sintética y una vara de prótesis ósea del estante de su baño- ¿Llamas para que confirmemos lo de esta noche?.
- Exacto- Corroboró la voz -, el Presidente dará el discurso navideño en el centro de Santiago como estaba establecido.
- Dalo por muerto- Contestó Coyán mientras se acercaba al cuerpo del aterrado desconocido que tenía el codo destrozado -, adiós Andromeda, siempre me da gusto escucharte.
Como el desconocido ignoraba a quien eliminaría Coyán ya que su fono interno era inaudible para el exterior, lo miraba al borde de la catarsis mientras el androide, tras inyectarle una anestesia mínima con su dedo meñique derecho, roció alcohol en la herida con el anular izquierdo, cortó los pedazos de huesos rotos con una diminuta sierra que se asomaba de su pulgar derecho, puso la prótesis, la soldó como plástico con el soplete que mantenía oculto en el dedo índice izquierdo, y luego cubrió la zona afectada con la piel sintética, que se adhirió a la natural instantáneamente.
- ¿No vas a matarme?- Preguntó el extraño a punto de desmayarse por el dolor mientras Coyán lo acompañaba hacia la puerta.
- Me programaron para que asesinara a personas mayores que tú – Apuntó Coyán -. Vuelve a molestarme cuando cumplas 15 y echaré tus restos a la chimenea para que no se congelen mis visitas. Ahora lárgate.
- Gracias – Replicó el joven mientras corría espantado por el pasillo -, me ocuparé de que no vuelvan a molestarlo.
- ¡Feliz Navidad bolsa de larvas! – Gritó Coyán al extraño antes de que huyera del todo.
Tardaría 14 minutos en limpiarle la sangre a las paredes, el piso y depositar en el contenedor de basura los cadáveres de los mercenarios. En seguida se sentó en una silla esperando que pasaran las horas y tuviera que trasladarse al centro con un arma oculta en el vientre.
Una y otra vez Coyán se repetía “Koilangelu nielai weimi”, que en mapudungún significa “El embustero no tiene amigos”, frase de un libro publicado por Blanca Santa Cruz Ossa en 1938 que guardaba en su banco de datos como un tesoro. Aunque no poseía la capacidad para entristecerse, el androide tuvo la certeza de que atravesaba un momento propicio para la desolación (Continuará...)
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